domingo, 24 de julio de 2016

El uso de las imágenes como propaganda política al final de la República Romana: Julio César


Julio César fue quién asentó las bases de lo que estaba por acontecer. César le había dado muerte a la República romana y echó los cimientos del futuro Imperio, que debían regir unos soberanos casi divinos y todo poderosos. La sombra de los dioses reyes helenísticos ya había marcado la pauta en Roma y la llegada de Cleopatra a la ciudad, con todo su séquito de esclavos, eunucos y guardias de escolta primorosamente vestidos, debió de causar en la ciudad tanta sensación como escándalo. Según Ernle Bradford , tenemos motivos para creer que César hizo poco o nada para ocultar sus relaciones con Cleopatra. La paternidad de Cesarión era un secreto a voces y para todos debió resultar claro que César estaba estudiando la posibilidad de una unión legítima con la reina de Egipto, así como la fundación de una dinastía real. No ocultó sus intenciones instalando en el templo de Venus Genetrix, templo que había mandado construir a sus expensas en el foro Iulium, una escultura de oro de Cleopatra cerca de la divinidad. El simbolismo resultaba claro: Yo soy descendiente de la Venus, Cleopatra es la encarnación de Isis, la venus egipcia. Ergo, ambos somos de origen divino. Según Carlo Maria Franzero , César intentaba divinizar a la mujer con la cual quería compartir la corona del Imperio romano-egipcio. En efecto, por aquellos mismos meses, César hizo una nueva emisión de monedas que llevaban la figura de Cleopatra-Afrodita sosteniendo en sus brazos al pequeño Cesarión como si fuera Eros. A la apertura del templo de Venus, del que se conservan aún en el foro de Roma tres delgadas y esbeltas columnas, siguieron grandes fiestas y juegos en el circo que César había  recientemente embellecido.



Restos del templo de Venus Genetrix
Foro Iulium, Roma, 46 a. C.

Por primera vez el pueblo contempló una naumaquia, y quedó complacido. La popularidad de César estaba en su apogeo. El pueblo estaba contento y a pesar de los ataques de Cicerón, no tuvo reparos en aceptar a Cleopatra como diosa; además el culto de Isis estaba adueñándose de la imaginación popular. Sin embargo, la alta sociedad romana seguía mirando con hostilidad a la reina de Egipto y la estatua de Cleopatra en figura de Venus Genetrix los había ofendido.

Cicerón escribió que César, habiendo planeado durante muchos años su acceso al poder real, logró su propósito después de un inmenso esfuerzo y tras correr graves peligros. Se ganó el favor de las irreflexivas masas organizando espectáculos públicos, construyendo monumentales edificios y valiéndose del soborno y de las invitaciones a sus banquetes. Se ganó a sus amigos prodigándoles favores y a sus adversarios mostrándose clemente. Muy pronto y de manera trágica iba a ponerse de manifiesto que algunos de tales adversarios no se consideraban tan ligados a él. De haber actuado de forma más comedida, quizás César hubiera podido conseguir su propósito, pero la misma ambición que había presidido su carrera, lo arrastraba ahora a excesos que no podían por menos de ofender a los hombres de convicciones conservadoras o tan sólo moderadas. 

Un ejemplo es lo que sucedió el 15 de febrero durante la celebración en Roma del festejo anual llamado las Lupercales, descrito entre otros por Nicolás de Damasco . Luperco se identificaba a ojos de los romanos como el dios de la naturaleza, Fauno o Pan, representando la vuelta de la primavera; por tanto el crecimiento de las plantas y el emparejamiento de los animales y la fecundidad de los humanos. Tras el sacrificio de una cabra y un perro, dos nobles jóvenes pertenecientes al orden de Luperco, recorrían las calles con tiras de la piel de dichos animales, azotando a todas las mujeres que encontraban. Se creía que toda mujer alcanzada quedaría encinta aquel año. Ese año, el 44 a. C., César presidía las ceremonias y Marco Antonio, casualmente, era el organizador de la fiesta.

(…) Según transcurría la procesión, Antonio fue elegido para ponerse al frente de la misma, y la comitiva atravesaba el foro, según es costumbre, seguida de una multitud. César estaba sentado en los mencionados rostra, en una silla de oro, envuelto en un manto de púrpura. Primero se le acercó Licinio con una diadema (…) El pueblo que quería verla sobre la cabeza le pidió que lo hiciera pero éste se oponía. Casio Longino, uno de los conjurados, se anticipó y de los pies se la puso en las rodillas. Al gesto de rechazo por parte de César y al grito del pueblo acudió Antonio, desnudo, untado en aceite, y tomando la diadema la puso sobre su cabeza. Pero César se la quitó y la arrojo a la masa de gente. Los que estaban alejados aplaudieron el gesto, los que estaban cerca en cambio, gritaban que la aceptase y no rechazase lo que pedía el pueblo. (…) Pero aquí otra versión, Antonio había actuado con el propósito de ganar su favor, e incluso con el deseo profundo de ser adoptado por él. Después abrazó a César y entregó la corona a alguno de los presentes para que se pusiera sobre la cabeza de la estatua de César que había cerca. Y así se hizo. En tal clima, este evento, en no menor medida que otros, contribuyó a que  los conjurados pasasen rápidamente a la acción. 

Nicolás de Damasco, Vida de Augusto, Capitulo XXI. 71-75. 

Se pone en boca del populacho una oferta que es a todas luces inapropiada institucionalmente, ser reconocido como rey, y que hasta entonces siempre fue negada a los líderes políticos. Cabe mencionar que el juego de los Lupercales acababa en el foro, donde esperaba César en su famosa silla de oro, elevado sobre los rostra. 

Plutarco , a diferencia de Nicolás, dice que fue Marco Antonio y no un Licinio el que subió a la rostra y fue seguramente el que la puso a sus pies, quizás con poco cuidado o tirándola como dice Cicerón. Fue Casio quien la puso sobre sus rodillas, aunque naturalmente el gesto de Casio no era inocente. Finalmente, Marco Antonio fue quien se vio reclamado por el griterío para que en medio de aquella fiesta y como parte de una representación especial, fuese el actor que coronase la cabeza de César. La escena es verdaderamente tensa y posee una carga dramática. La respuesta igualmente teatral de César, lanzando la diadema a la multitud estuvo a la altura de los actores y del momento. Con el gesto, César desbarataba a sus enemigos El envío de la diadema al templo de Júpiter, el único que verdaderamente puede ser llamado rey, se traducía como una muestra de la inteligencia política de César y de la agilidad de su pensamiento. Mediante estas acciones, Marco Antonio jugaba con fuego pero tenía que jugar la baza política de presentarse como un digno heredero. Se da por seguro que circulaban rumores, más bien infundados, sobre el testamento de César y ello lo llevaba a excesos de adulación que pasado el tiempo, se ven siempre tan ridículos e indignos. Pero Marco Antonio no se hacía castillos en el aire, pues de hecho, había sido nombrado por César como su segundo, dejando entrever que llegado el caso, le sucedería o heredaría sus bienes. Era este un rumor interesado que le convenía defender, por ejemplo, a Cicerón , que pondría el acento contra Marco Antonio por la ofensa de la diadema en las Lupercales, para justificar así una posterior acción de Octaviano contra él. En tal sentido, hay que tener presente siempre la versión pro-agustea de Nicolás de Damasco.

Con el asesinato de César, el pueblo de Roma, lloraba al Padre de la Patria y ya se disponía a sustituirlo por otro Padre. Por consiguiente, tanto Marco Antonio como Octaviano, se vieron enfrentados por la anhelada y ambiciosa herencia que César les había dejado. Tanto lo que se dijo, como la manera en que fue dicho, estaba determinado por la lucha en torno al poder unipersonal. Zanker  asegura que a este respecto, la lucha entre los protagonistas desempeñó un papel decisivo en la gestación de cada una de las imágenes e influyo incluso en su forma artística.


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