martes, 3 de mayo de 2016

Los últimos días de la República Romana



La obra de César quedó truncada el 15 de marzo del año 44 a. C., al ser asesinado por un grupo de conspiradores entre los que se encontraban antiguos seguidores de Pompeyo, cesarianos decepcionados y enemigos personales. Aun así, el partido cesariano sobrevivió a su muerte, inicialmente bajo la guía de Marco Antonio, hasta que surgió el nuevo líder por obra del testamento de César, Octaviano. Éste había aprendido ya de la experiencia de su tío y padre adoptivo, y no cometería el error de proclamarse dictador, sino de aceptar del Senado el título de prínceps, aun cuando la diferencia fuera tan sutil que resultaba imperceptible y sobre todo, no haría uso de la tan elogiada, pero peligrosa clemencia de César hacia sus adversarios. Su obra supondría la culminación de la emprendida por César y la definitiva transformación del Estado Romano[1].


Isaac Asimov[2] expone que los tiranicidas, entre ellos Bruto y Casio, actuaron en defensa de la libertad de la República. No hay duda de que el título de dictador vitalicio que acababa de recibir César rompía con la tradición republicana, ya que ser dictador vitalicio comportaba poseer todo el poder, pero además, César, quería ser rey. Como dictador, su muerte habría dado la señal para una nueva lucha por el poder, mientras que, si hubiera sido rey, podría haber sido sucedido por un hijo o algún otro pariente de manera natural y habría habido paz continua (por supuesto, la historia de los otros reinos de la época mostraban que prácticamente todos eran víctimas de la guerra civil entre miembros de la familia gobernante, pero cabía esperar que esto no ocurriera en un pueblo tan acostumbrado a ser gobernado por la ley como el romano.) Sin embargo, los romanos sentían un horror por la dignidad de rey que se remontaba a la época de los Tarquinos. Además, la historia de Roma mostraba que la República había triunfado sobre todos los reinos orientales, uno tras otro. Obviamente, la forma republicana de gobierno era mejor que la monarquía.
Bruto, Casio y los demás conspiradores, representaron el papel de tiranicidas pero sin la fuerza moral de quien ofrece alternativas mejores para el gobierno del Estado. Los acontecimientos vinieron pronto a demostrar que el asesinato de César no había resuelto ningún problema. Más aún, con tal muerte, se reanudaron las condiciones para la prolongación de las guerras civiles que tantas vidas habían costado a Roma.

Según Robin Lane[3], los acontecimientos que siguieron al asesinato de César constituyen el capítulo más importante de la historia de la libertad en la antigua Roma. Los días y los meses son evocados con diferentes testimonios de uno y otro bando, como por ejemplo las cartas y discursos que Cicerón escribió en esa época, por la vida de Augusto que evocó Seutonio, y por los testimonios literarios contemporáneos de Dion Casio, Nicolás de Damasco, Plutarco,  Horacio, Virgilio y Ovidio, entre otros.

Dos días después de la muerte de César, Marco Antonio cogió lo que dijo que eran sus notas entregadas por la viuda del dictador, e hizo, de forma muy astuta, una llamada a la reconciliación en el transcurso de una sesión del Senado proponiendo que los asesinos de César no fueran castigados. Los planes de César, sin embargo, lo mismo que sus acciones, pasadas presentes y futuras, debían ser ratificadas en su totalidad. Fue un momento trascendental ya que eran tantos los senadores que debían su rango y sus perspectivas de futuro a las decisiones recientemente tomadas por César que la aprobación de la medida era indudable. De este modo, el Senado ratificó todas las acciones de César, comportando de esta manera que se mantuvieran todas sus reformas. Por otro lado, también se acordó que se consideraría válido el testamento de César, desconocido hasta ese momento. A cambio de esto, se asignarían provincias a los principales conspiradores, asignaciones que los llevarían lejos de Roma. En efecto, cosas que César nunca hizo, no habría hecho, ni habría permitido, señalaría poco después Cicerón[5], fueron promulgadas a partir de sus falsas notas. Fe Bajo[6] asegura que los papeles que César había dejado, ahora los controlaba y sin duda alguna manipulaba Marco Antonio. Si hubieran matado también a Marco Antonio habría habido realmente una buena oportunidad de restaurar la República y aunque Cicerón lo quisiera ver muerto, era el cónsul en ejercicio y tenía evidentemente una técnica infalible para hacerse atractivo. Por ejemplo, en el funeral, Marco Antonio se levantó para pronunciar una oración fúnebre. Robin Lane[7] expone que hay dos versiones principales de lo que dijo: Una, la preferida por muchos especialistas, es que dijo solo unas cuantas palabras después de que el heraldo leyera la proclama. Pero hay otra más convincente y mucho más extendida en las fuentes bibliográficas de la que además habla Cicerón, en la que relató las grandes hazañas de César y leyó su testamento:

El cuerpo yacente sobre un lecho de marfil fue colocado en una capilla dorada, según el modelo del templo Venus Genetrix. Después de hablar de las hazañas de César, Antonio empezó a jugar con las emociones cada vez más intensas de la multitud. Entonó un lamento de su propia cosecha y se puso a llorar. Colgó la toga de César manchada de sangre de la punta de una lanza y cuando los ánimos de la muchedumbre estaban bien caldeados, exhibió una figura de cera del difunto, con el cuerpo lleno de heridas. Se dice que entonces se oyeron entre la multitud cantos de duelo, en medio de los cuales parecía que hablaba el propio César.
Cicerón[8]

Robin Lane argumenta que probablemente, para dar más patetismo a la ocasión, Antonio habría movilizado a actores y grupos de teatro, individuos que constituían un elemento de suma importancia en las escenas multitudinarias de Roma. Ese diálogo escenificado provocó el estallido de la muchedumbre. Se había espoleado al pueblo para que demostrara su potencial, en una clara advertencia a los adversarios de Marco Antonio. Hubo incluso un intento de quemar las casas de los “Libertadores” e incluso se prendió fuego al Senado.
Del mismo capítulo también nos habla Carlo Maria Franzero[9], añadiendo que en respuesta a la formidable actuación de Marco Antonio, el pueblo se dirigió hacia el féretro de César y lo condujo como reliquia sagrada hacia el Capitolio, con la intención de enterrarlo en el templo de Júpiter y colocarlo con los dioses. Pero como los sacerdotes se lo impidieron, lo colocaron de nuevo en el Foro, en el lugar donde estaba el antiguo palacio de los reyes de Roma. Más tarde, se erigió un altar en el lugar que es el mismo sitio donde pueden verse hoy en día los restos del templo del propio César construido por patrocinio de Octaviano y el Senado.

Si ya durante los funerales de César hubo manifestaciones populares que exigían la muerte de sus asesinos, la aplicación de las voluntades testamentarias de César estimuló aún más la devoción popular y se alzaron voces que valoraban negativamente el compromiso de Marco Antonio con los tiranicidas y sus partidarios. Pero el testamento de César, incluía también el nombramiento de Cayo Octaviano como primer heredero.
Cayo Octaviano era nieto de Julia, la hermana de Julio César, y, por ende, sobrino nieto del dictador. César no tenía hijos, de modo que Octaviano era su heredero natural. Sin embargo, Octaviano era un joven enfermizo, y obviamente poco dotado para la guerra. Estaba en Apolonia acabando sus estudios cuando le llegaron las noticias del asesinato de César e inmediatamente partió para Italia. En su testamento, César lo nombraba su heredero, y el testamento había sido ratificado por el Senado. Octaviano tenía intención de exigir lo que consideraba suyo. Fue entonces cuando Cayo Octaviano, se cambió por primera vez el nombre a Cayo Iulio César Octaviano en virtud de la adopción[10]. G. Alföldy[11] asegura que era difícil pensar que siendo tan joven fuera capaz también de ser el heredero político de César, sin embargo, el primer mérito de Octaviano residió en su tacto para rodearse de un selecto grupo de amigos y consejeros a los que siempre fue fiel, dispuestos a informarle y orientarle sobre la complejidad de la vida política de la época. Así, Octaviano, antes de retornar a Roma para hacerse cargo de la herencia de césar, tuvo en Campania el primer encuentro con Cicerón[12], el ideólogo y máximo representante de los republicanos tradicionales. El viejo orador quedó gratamente impresionado de la capacidad política del joven César y más aún, se mostró dispuesto a apoyarlo como un instrumento para dividir al grupo opositor de los cesarianos. Así se selló la colaboración temporal de Octaviano con los republicanos, necesaria igualmente para ambos con el fin de restar poder y protagonismo político a Marco Antonio.

En el discurso contra Marco Antonio conocido como Filípica I[13], Cicerón no se paró en insultos y descalificaciones personales y políticas sobre Marco Antonio. Discurso tras discurso, fue pintando a Antonio como un personaje absolutamente desenfrenado cuya casa estaba llena de prostitutas y cortesanas, y cuya esposa, Fulvia, vendía propiedades públicas en sus estancias privadas. Mientras tanto, Octaviano seguía ganándose el apoyo del pueblo y contaba con la protección de los republicanos. Marco Antonio decidió entonces que era hora de ganar popularidad mediante victorias militares. Uno tras otro, los conspiradores habían abandonado Roma para marcharse a sus respectivas provincias. Marco Bruto estaba en Grecia, Casio en Asia Menor, y Décimo Bruto en la Galia Cisalpina. Este último era el que se hallaba más cerca de Roma, por lo que Marco Antonio lo eligió como primera víctima. Obligó al Senado a reasignarle la Galia Cisalpina y marchó hacia el Norte. Así comenzó la Tercera Guerra Civil. Pero tan pronto como Marco Antonio partió, el Senado fue persuadido por Cicerón y el joven Octaviano, a declarar a Marco Antonio enemigo público y a enviar un ejército que había reclutado Octaviano con su propio dinero, contra él. Este ejército estaba al mando de los dos cónsules, y Octaviano era segundo comandante. El propio Cicerón defendió la legalidad de reclutar un ejército personal argumentando que la situación era excepcional. Para que fuera legal, Octaviano fue nombrado pretor, lo que no le hubiera correspondido en una situación normal.

Décimo Bruto se fortificó en Mutina, la moderna Módena, y no pudo ser desalojado de allí. Marco Antonio, con un enemigo dentro de la ciudad y otro fuera de ella, fue derrotado, y en abril del 43 a. C. tuvo que conducir a su ejército en retirada. En el momento de reconocer méritos y honores, Octaviano quedó relegado. Tal decisión marcó la ruptura de Octaviano con los republicanos. Juan Francisco Rodríguez[14] expone en su manual que Seutonio dejó por escrito que Octaviano envió entonces uno de sus centuriones al Senado para reclamar uno de los consulados vacantes (ya que los dos cónsules en vigor habían muerto en la batalla) y que ante las dudas del Senado, el centurión mostrando su espada dijo —Si vosotros no lo hacéis cónsul, esta se encargará de hacerlo— y ante tal argumento, el senado accedió a nombrar a Octaviano y a Quinto Pedio, un cesariano, como cónsules. Sin embargo, Robin Fox relata los hechos de forma diferente: dice que Octaviano pidió el consulado pero el Senado se mostró obstinado ante su petición. El jefe de la oposición era Cicerón, que había sido el primero en proponer honores para Octaviano, pero ahora consideraba que las exigencias del joven eran intolerables. En respuesta, Octaviano marchó por Roma con su ejército. El pánico sobrecogió al Senado y finalmente, accedieron a sus demandas. Pero en cuanto tuvieron ocasión, le mandaron unas legiones que acabaron desertando y Octaviano se hizo con el tesoro del Senado y lo repartió entre sus hombres. Fue entonces cuando se nombró cónsules a su primo Quinto Pedio y a él mismo, y ambos declararon juzgar a los asesinos de César.

Fuera como fuera, todo marchaba bien para Octaviano. Marchó nuevamente a la Galia Cisalpina, pero esta vez para luchar contra Décimo Bruto. Realizó lo que Marco Antonio no había logrado. Los soldados de Bruto desertaron en grandes cantidades, por lo que el conspirador se vio obligado a huir. Pero fue capturado y ejecutado.
Los “tiranicidas” Bruto y Casio estaban reclutando enormes ejércitos de liberación, saqueando las provincias y cobrando tributos. Si Octaviano y Antonio seguían luchando entre sí, ambos perderían. Por ello, Lépido trabajó para unir al viejo amigo de César y a su heredero. De este modo, se creó el segundo triunvirato, el 27 de noviembre del 43 a. C., con Marco Antonio, Octaviano y Lépido, éste último más bien como figura decorativa. La condición implicaba que la legalización del triunvirato concedería a los triunviros los máximos poderes del Estado por un periodo de cinco años, los cuales, sin embargo, fueron prorrogados cinco años más, del 43 al 33 a. C. Al entrar en el acuerdo, Octaviano renunció a su consulado tan penosamente obtenido. Marco Antonio, como parte del precio para entrar en el triunvirato, exigió la ejecución de Cicerón, y Octaviano aceptó. Además, la reconciliación de Antonio y Octaviano quedó confirmada con un matrimonio. Octaviano ya estaba casado, pero se divorció  de Servilia y se casó con Claudia, hija de Fulvia, la esposa de Antonio. Su primera medida fue declarar una proscripción general, como en tiempos de Sila, casi cuarenta años antes. Muchos individuos acomodados fueron ejecutados y sus propiedades confiscadas. Los triunviros no podían permitir que sus enemigos sobrevivieran para apuñalarlos por la espalda mientras ellos se ocupaban de aplastar a Bruto y a Casio. Por otro lado, al perder los proscritos todos sus bienes, pasaban al poder del Estado, con lo que abundaron los recursos y las tierras para repartir a los veteranos. Solo unos pocos pudieron escapar para unirse a las tropas de Sexto, el hijo de Pompeyo el Grande, que había iniciado el reclutamiento de un ejército y comenzaba a adueñarse de parte de las provincias occidentales.

La década del Triunvirato sirvió para poner en práctica una parte del importante programa político de César: asentamiento de veteranos, fundación de colonias y creación de municipios fuera de Italia, además de eliminar a la oposición. Paralelamente, se corresponde esta época con la tensión entre Marco Antonio y Octaviano por ganar mayores competencias de poder y la implacable campaña de desprestigio que se lanzaron el uno al otro.
En octubre del 42 a. C. tuvo lugar la gran batalla de Filipos. Los asesinos de César fueron definitivamente derrotados por Marco Antonio y Octaviano. Casio murió en combate y Bruto se suicidó. El día de la batalla, Octaviano se hallaba enfermo, de modo que el honor de la victoria recayó enteramente en Marco Antonio.
Carlo María Franzero[15] afirma que después de Filipos, Marco Antonio parecía en ese momento el verdadero dueño del mundo romano. Decidió visitar Oriente, reunir fondos y afirmar la autoridad del triunvirato y la suya propia. Marco Antonio se encontraba en el punto culminante de sus éxitos, recorrió algunas provincias asiáticas allegando dinero en todas partes, paso con un gran ejército a Grecia, donde fue aclamado como Dionisos y presidió las disputas de los sofistas, las ceremonias religiosas y los juegos públicos. Divirtió a los griegos paseando por Atenas en sandalias blancas, visitó Éfeso y allí las mujeres marcharon delante de él disfrazadas de ménades perseguidas por los hombres y muchachos disfrazados de Pan y sátiros.

Fue el momento en que Cleopatra, según nos relata Plutarco[16], llegó en la barcaza real con la intención de persuadir a Marco Antonio, como siete años antes había persuadido a César de lo mismo. Después de pasar algún tiempo juntos, Marco Antonio decidió que ciertamente ella no merecía que se le hiciera pagar tributo. En cambio, decidió devolverle la visita e ir con ella a Alejandría.
Por otro lado, la esposa de Marco Antonio, Fulvia, vio claramente que si Octaviano permanecía en Roma, sería él quien finalmente gobernaría todos los dominios romanos. Por ello, Fulvia persuadió a Lucio Antonio (hermano de Marco Antonio), que era cónsul ese año, a que reclutase un ejército y marchara contra Octaviano. Lucio Antonio solicitó que las colonias destinadas a las legiones de Marco Antonio fueran fundadas por amigos de aquel. Octaviano cedió a esta exigencia y los hombres de Marco Antonio expulsaron brutalmente a los propietarios rurales y el odio recayó sobre Octaviano. Por un tiempo, las tropas alimentaron animadversión contra Octaviano y se produjo una serie de sórdidos incidentes.
De todas maneras, el enemigo más peligroso de Octaviano era entonces Sexto Pompeyo, que continuaba bloqueando y asediando las costas de Italia. Sexto Pompeyo era el hijo menor del viejo general Pompeyo. Octaviano se vio obligado a pactar con Sexto Pompeyo la cesión de Sicilia, Cerdeña, Córcega y el Peloponeso a cambio de dejar que volvieran los refugiados de sus dominios y levantara el asedio y bloqueo de las costas.
Para esta época llegó a Roma Herodes, expulsado de Judea por los partos. El senado lo nombró rey de Judea y de los territorios adyacentes a petición de Marco Antonio[17]. Sin embargo, la paz con Sexto Pompeyo no duró mucho porque Marco Antonio no quería cederle el Peloponeso y se reanudó el bloqueo a Italia provocando que comenzara la guerra en el 38 a. C. y haciendo que los poderes del triunvirato se prorrogaran cinco años más, hasta el 33 a. C.[18] Para cimentar la unión se concertó un matrimonio. La encantadora hermana de Octaviano, Octavia, fue entregada en matrimonio a Marco Antonio, cuya esposa Fulvia había muerto al huir a Grecia.

Gracias a la renovación del Triunvirato, Octaviano finalmente consiguió la ayuda de Marco Antonio contra Sexto Pompeyo que dio lugar a la batalla de Nauloco en el 36 a. C. y a la consiguiente derrota de Sexto. El mundo romano quedaba con dos gobernantes, Octaviano para el Occidente y Marco Antonio para Oriente.
Al volver a Roma Octaviano, prometió restaurar la República cuando Marco Antonio regresase de luchar contra los partos. Se estaba preparando para ganarse la voluntad del Senado en caso de un choque contra Marco Antonio, el cual esperaba tarde o temprano, puesto que Octaviano, tenía derecho a todo el imperio por ser el heredero de su padre[19].

Octaviano se hizo cada vez más popular en Roma, pues redujo el bandidaje en Italia, restableció la calma y la prosperidad, llevó a cabo programas de edificación en Roma y, en general, demostró ser un gobernante juicioso y prudente.  Ya en el 38 a. C. se había casado con Livia, una sagaz matrona romana que lo aconsejó bien durante toda su vida, en favorable contraste con la reina extranjera de Antonio, Cleopatra. Ya que Antonio, había regresado a Egipto y había concedido a la reina el reconocimiento como hijos a los dos gemelos que esta le había dado, Alejando Helio y Cleopatra Selene. Además, les confirió varios territorios; el antiguo territorio Ptolemaico en su máxima extensión, a excepción del reino de Herodes, que Cleopatra también pedía. Lamentablemente para Marco Antonio, aquí no se podía alegar necesidades administrativas o militares del Imperio romano. Se trataba de una cuestión de favoritismo liso y llano.
Por otro lado, la campaña de Marco Antonio contra los partos, comenzada en 36 a. C., fue un fracaso y se vio obligado a retirarse con grandes pérdidas cuando trató de invadir Partia. Todo lo que pudo conseguir fue una victoria al año siguiente sobre los armenios, que eran adversarios mucho más débiles. Y aunque volvió a Alejandría con su reputación militar muy disminuida, esta hazaña fue celebrada en la capital de Egipto como un extraordinario triunfo en el curso del cual, Cleopatra y el hijo que le había dado Julio César, Cesarión, fueron proclamados Reina y Rey de Reyes.

Al pueblo romano le pareció que Marco Antonio había descuidado su posición como gobernante romano del Este y que se contentaba pasando todo su tiempo solazándose con Cleopatra. Llegaban a Roma informes que lo describían usando vestimentas griegas y dedicado solamente a complacer a la reina egipcia. Estaba dispuesto, se decía, a darle toda Roma a ella o todo lo de Roma que pudiera obtener. Indudablemente, los informes eran exagerados, pero convenían a Octaviano. Este obtuvo cartas de Marco Antonio a Cleopatra y su testamento, y los usó como pruebas de que Marco Antonio realmente pretendía cederle Roma. Ronald Syme[20] comenta que podrían tratarse de falsificaciones para beneficiarse, aunque Marco Antonio no hacía mucha gala de sensatez por lo que también podría haber dejado tales cosas por escrito.

En el  32 a. C., Marco Antonio se divorció de Octavia, lo cual hizo pensar que se disponía a convertir a Cleopatra en su esposa legítima. Esto fue el colmo. Octaviano había estimulado cuidadosamente el odio y el temor hacia la reina egipcia entre el populacho romano, y ahora hizo que el Senado le declarase la guerra. Lo peor de todo fue reconocer a Cesarión como hijo de Julio César, ya que de este modo, difundía dudas sobre las pretensiones de Octaviano de ser el único hijo heredero del dictador.[21]

Marco Antonio concretó sus fuerzas en Accio, pero el abastecimiento marítimo fue bloqueado por Agripa. Los hombres de Marco Antonio comenzaron a sufrir hambre y a debilitarse. Su moral fue decayendo y se produjeron deserciones. El día de la batalla, Cleopatra se alejó con la escuadra egipcia y Marco Antonio la siguió con unas pocas galeras. El plan fracasó y fueron vencidos por Octaviano en lo que se denominó la batalla de Accio el 31 a. C.

Octaviano se proponía tomar prisionera a la reina de Egipto para poder exhibirla en su triunfo y asegurarse de la muerte de Marco Antonio sin hacerse responsable directo de ello. No alcanzó la primera finalidad pero si la segunda, pues los dos se suicidaron. Octaviano hizo dar muerte a Cesarión, que constituía una amenaza obvia para su propia posición y también a Antulo, hijo mayor de Marco Antonio. Respetó la vida de los otros hijos de Marco Antonio a quienes envió a Roma, donde fueron educados por Octavia. Nada más sabemos de los dos jóvenes, salvo que Cleopatra Selene se casó a su debido tiempo con Juba, el ilustrado rey de Mauritania.

Después de aquello, Egipto pasó a depender de Roma convirtiéndose en uno de los graneros de la ciudad, administrado directamente por Octaviano y después por los emperadores siguientes. Los aliados de Marco Antonio fueron tratados con clemencia y Octaviano siguió contando con ellos. En Accio se había puesto fin a la división del imperio, siendo Octaviano el único jefe de gobierno de Roma hasta su muerte en el 14 d. C.



[1] ALVAR, Jaime, PLÁCIDO, Domingo, BAJO, Fe, MANGAS, JulioManual de Historia Universal. Volumen 2, Historia Antigua, Madrid: Historia 16. pp. 615 - 635
[2] ASIMOV, Isaac. La República romana, Madrid: Alianza Editorial, 1999 (1981)
[3] LANE FOX, Robin: El mundo clásico. La epopeya de Grecia y Roma, Barcelona: Crítica, 2008 (2007) pp. 469 - 529
[5] Cicerón era un firme defensor de la religión tradicional cívica que había sido transmitida generación tras generación y que formaba parte de las costumbres de los antepasados romanos. El escepticismo filosófico de Cicerón era de un tipo anticuado, en consonancia con su conservadurismo natural, lo cual sabemos gracias a sus cartas conservadas.
[6]ALVAR, Jaime, PLÁCIDO, Domingo, BAJO, Fe, MANGAS, Julio: Manual de Historia Universal. Volumen 2, Historia Antigua, Madrid: Historia 16
[7] LANE FOX, Robin: El mundo clásico. La epopeya de Grecia y Roma, Barcelona: Crítica, 2008 (2007), pp. 469 - 529
[8] CICERÓN, Marco Tulio: Discursos contra Marco Antonio o Filípicas, Madrid: Cátedra, 2001
[9] FRANZERO, Carlo Maria: Cleopatra, Círculo de Lectores, 1966
[10] ASIMOV, Isaac. La República romana, Madrid: Alianza Editorial, 1999 (1981)
[11] ALFÖLDY, G.: Historia social de Roma, Madrid: Alianza, 1989, pp. 57 - 75
[12] LANE FOX, Robin: El mundo clásico. La epopeya de Grecia y Roma, Barcelona: Crítica, 2008 (2007), pp. 469 - 529
[13] CICERÓN, Marco Tulio: Discursos contra Marco Antonio o Filípicas, Madrid: Cátedra, 2001
[14] RODRÍGUEZ NEILA, Juan Francisco.: Los Gracos y el comienzo de las guerras civiles, Madrid: Akal, 1991

[15] FRANZERO, Carlo Maria: Cleopatra, Círculo de Lectores, 1966
[16] PLUTARCO: Vidas Paralelas, Demetrio - Antonio, Madrid: Alianza Editorial, 2007
[17] ALONSO LÓPEZ, J.: Herodes el Grande, Madrid: Aldebaran, 1998
[18] CHRISTOL, Michael, NONY, Daniel: De los orígenes de Roma a las invasiones Bárbaras, Madrid: Akal, 2005 (1988), pp. 107-130
[19] SYME, Ronald.; La revolución romana, Barcelona: Crítica, 2010
[20] SYME, Ronald.; La revolución romana, Barcelona: Crítica, 2010
[21] CHRISTOL, Michael, NONY, Daniel: De los orígenes de Roma a las invasiones Bárbaras, Madrid: Akal, 2005 (1988), pp. 107-130

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