jueves, 14 de abril de 2016

La dama libertad


No soy alguien que escriba relatos. Creo que no se me dan bien porque cuando pienso historias lo hago más a lo grande. Me resulta imposible reducir. Además, he escrito muy pocos y eso se nota. No obstante, quiero compartiros uno (o un trozo) de uno que publiqué en la antología Hilando historias en 2013, No es que esté super orgullosa de él, pero para quién se aburra, pues ahí va. 
Hay continuación más allá de lo colgado, pero creo que es precipitado por espacio y no me gusta. Así que ahí lo dejo, que creo que se queda más interesante.




La dama libertad

—¿Qué sucede? —preguntó exaltada Creusa, al escuchar el ruido ensordecedor que hacían las trompetas desde la cubierta.
Kyana, que yacía a su lado, abrió despacio los ojos, aún aturdida por el sueño en el que había estado sumida y dirigió su mirada azul hacia el techo. En un acto reflejo, su mano atrapó la de su hermana Creusa y la estrechó con fuerza, esforzándose por no empezar a llorar.
—Piratas —susurró Nyx, taciturna. A diferencia de sus dos hermanas mayores, ninguna noche conseguía conciliar el sueño y esa no había sido una excepción. Era incapaz de no dejarse perturbar por los gemidos de los maltrechos remeros al ser golpeados con el látigo de los oficiales. Debido a ello, se había convertido en un testigo pasivo de todos de los movimientos de los marineros desde el primer avistamiento de las naves enemigas—. Nos atacan.
—¡Boga de combate! —se alzó una voz entre el ensordecedor ruido de pisadas y el crujir de la madera mecida por las olas del mar. Los gemidos de los remeros se intensificaron por el esfuerzo que estaban realizando.
Creusa regaló a su hermana menor una mirada de auténtico terror. Pese a la oscuridad, Nyx pudo percibir cómo su rostro pecoso había palidecido al instante y su redondeado cuerpo se había puesto rígido como el mástil del navío en el que viajaban.
—¡Boga de combate! ¡Remad! ¡Por todos los dioses! ¡Remad! —insistió la voz y aunque ninguna de las tres hermanas entendía exactamente en qué consistía esa orden, la palabra combate hablaba por sí sola.
—Deberíamos subir a cubierta —propuso Creusa y a pesar de que intentó sonar valiente, sus dos hermanas percibieron el temblor de su voz y el miedo que se escondía tras sus palabras.
—¿Sabes blandir una espada?—preguntó Nyx y clavó su mirada color esmeralda en la de Creusa. Estaba furiosa porque hacía tan solo unas semanas había descubierto que el mundo en que vivía no era ni tan perfecto, ni tan maravilloso como había creído siempre y, aunque aún guardaba la esperanza de que el ataque fuera repelido y finalmente desembarcaran sanas y salvas en Siria, los gritos desgarrados del oficial a los remeros le indicaban la angustia de un hombre que era consciente de las pocas posibilidades que tenían de sobrevivir.
Creusa no contestó, intimidada por la fría mirada que le dedicaba la pequeña Nyx. Además, su hermana sabía de sobra la respuesta. Ellas eran damas de la corte de Cleopatra III, su educación era rica y envidiable; no solo dominaban los seis dones de Thot, sino que también sabían historia, política y hablaban griego, latín, sirio, hebreo y egipcio. Lamentablemente, no se incluía el uso de las armas.
—¿Sabes disparar flechas?—insistió Nyx.
Creusa no quería perder la paciencia, pero el tono impertinente de su hermana pequeña estaba desesperándola y sintió el impulso de abofetearla. No lo hizo, recordando el porqué de su frustración; Nyx nunca había sabido hasta hacía pocos días que la madre de las tres había traicionado a la reina Cleopatra II en favor de su hija, Cleopatra III, cuando ésta le usurpó el trono casándose con su tío y padrastro, Fiscón. Pero Creusa sí lo había sabido y de nada le había servido, excepto para vivir con el temor de una posible rebelión que después de trece años, ya no había creído posible, hasta ahora. Cleopatra III las había embarcado en un navío mercante con destino a Siria con el fin de protegerlas mientras durase la guerra, por lo que debían de estar agradecidas, y no furiosas.
—Entonces, lo único que harás en cubierta es molestar —concluyó Nyx y obligó a Creusa a dejar de divagar en lo que podría o no haber sido. Solo lamentó que su padre no hubiera podido acompañarlas, porque su deber con el faraón como ingeniero real se lo había impedido. Con él, ahora mismo estarían muchísimo más seguras y protegidas. Él les diría qué era lo que tenían que hacer.
—Podemos saltar al agua y escapar —propuso Kyana. Era la hermana más inocente de las tres y aunque no era tan lista, ni tan locuaz, era gracias a ella que la reina Cleopatra III les había otorgado, sin vacilar, un pasaje de huida hasta que la rebelión de su madre fuera aplacada. Pero Creusa no dejaba de pensar en su padre, y también en su madre, que de haber estado viva, seguramente también las acompañaría. Nyx, en cambio, sí caviló la opción.
—El navío recorría la costa, no estamos en alta mar. Quizás aún tengamos alguna oportunidad —aseguró y con la luz de la esperanza de vuelta en sus ojos verdes, Nyx dio un salto para bajar de su litera y se encaminó hacia la puerta del camarote, pero Creusa, que había vuelto en sí, se puso también de pie y le impidió el paso.
—Aún no sabemos lo que está sucediendo arriba. Quizás ya están repeliendo el ataque. Como bien has dicho, solo molestaríamos y estoy segura de que el capitán vendrá a...
—¡Boga de ariete!—gritó el oficial  sobre cubierta y ahogó las palabras de Creusa.
—¡Agarraos!—exclamó Nyx ignorando a su hermana. Había recordado lo que aquella orden significaba. Lo había podido leer en uno de los manuscritos de la biblioteca de su amada ciudad, Alejandría. El ruido de los marineros corriendo por la cubierta en dirección a la proa se lo acabó de confirmar. Iban a embestir una de las naves piratas con el espolón, con la intención de perforarla bajo la línea de flotación. Por eso todos los marineros corrían hacia proa, para que el espolón se hundiera todo lo posible y cometer un daño mayor.
Kyana obedeció a Nyx, pero Creusa sospechaba que era una de las típicas artimañas de su hermana pequeña para distraerla y poder hacer lo que le viniera en gana. Fue por eso que cuando el navío golpeó con fuerza la nave pirata, Creusa salió disparada hacia delante y Nyx no pudo hacer nada para sujetarla. 
Creusa se golpeó en repetidas ocasiones contra las paredes del estrecho camarote. La inercia de la nave las arrastró hacia atrás y luego hacia delante, pero cuando los marineros corrieron hacia la parte de popa, Nyx supo que la nave ya estaba estabilizada y pudo soltarse para acudir en auxilio de su hermana, que tras los golpes, yacía inerte en el suelo.
—¿Creusa?—gritó Kyana, que había imitado a Nyx y ahora sacudía con insistencia el cuerpo intentando en vano despertarla. Nyx no se movía, estaba absorta mirando las manos con las que había tocado a Creusa, ahora teñidas de rojo escarlata.
—¿Eso es sangre?—sollozó Kyana.
Nyx apartó el pelo de Creusa y pudo ver la fea herida que tenía en la cabeza. Un clavo saliente de una de las vigas con las que se había golpeado había sido la causa.
—Está muerta —susurró Nyx. Aun no entendía cómo en tan solo un parpadeo, su hermana había perecido.
—¡Hacia atrás! —escucharon de nuevo la voz del oficial—. ¡Hacia atrás, malditos! ¡Hacia atrás!
Ninguna de las hermanas se interesó por lo que estaba a punto de ocurrir, dedicando toda su atención al cuerpo de su hermana muerta. Fue como si el tiempo se detuviera y una especie de trance y las empujara al abismo de una cruenta verdad. Muerta. Creusa estaba muerta y ellas iban a ser las siguientes si no hacían nada para impedirlo.
—Tenéis que salir de aquí —les gritó un marinero que acababa de abrir la puerta del camarote de una patada.
Nyx no pudo apartar la mirada de sus manos manchadas de sangre hasta que un golpe por el lado de estribor inclinó la nave con violencia. El marinero cayó a los pies de Creusa y cuando logró ponerse en pie, no se quedó a esperar una respuesta. Se dio media vuelta y desapareció escaleras arriba tras la escotilla.
—Nosotras también vamos a morir —sentenció Kyana, quien ya se había abandonado al llanto lastimoso de una niña asustada.
—No —respondió Nyx con contundencia y apartándose del cadáver de Creusa, tomó a Kyana de los brazos y la obligó a ponerse en pie. El agua había comenzado a desbordar el suelo y mojaba el bajo de sus preciosas túnicas de lino—. Saltaremos por la borda.
Kyana no se resistió cuando Nyx la empujó escaleras arriba para salir por la escotilla. La luz de la luna llena les permitió ver con claridad el panorama en el que se encontraba el navío. Un fuego se había desatado en la parte de la popa que nadie se molestaba en apagar ya que los marineros concentraban todos sus esfuerzos en la lucha, con la intención de repeler un abordaje que ya no tenía sentido; el navío se hundía.
Nyx sintió un escalofrío al escuchar los gritos desgarradores de los remeros encadenados en la cubierta inferior, que pedían auxilio en vano mientras el agua a punto estaba de inundar sus pulmones y obligarlos a dormir para siempre en el fondo del mar. Pero el sonido susurrante de las flechas pasando sobre sus cabezas acabó concentrando toda su atención y obligó a su hermana a arrastrarse hacia el lado de babor, donde finalmente encontraron cobijo tras unos barriles para coger aire en los pulmones, el aire que habían olvidado respirar.
—Creusa no sabía nadar —sollozó Kyana. Nyx se percató de que tenía una flecha clavada en el muslo, pero no quiso asustar a su hermana y ahogó el grito de dolor que ésta le producía al estar hundida en su carne—. Nunca aprendió ese don de Thot, aunque fingía que sí.
—La natación no era un don de Thot —corrigió Nyx y esbozó una sonrisa lastimera. Kyana le acarició el rostro.
—Ahora yo debería cuidar de ti. Soy la mayor.
Nyx asintió y cerró los ojos con fuerza, como si de esa manera pudiera soportar mejor el dolor que la flecha le estaba infligiendo cada vez que se movía.
—Entonces, ¿preparada para saltar por la borda?
—Preparada —contestó Kyana.
—Recuerda, no te levantes. Que nadie te vea. Si lo hacen, nos perseguirán y no descansarán hasta atraparnos. Somos el botín más valioso —informó Nyx.
Kyana asintió.
—A la de tres —dijo Nyx consciente de que ella no iba a poder moverse. La flecha clavada se lo iba a impedir—. Una... dos... ¡tres!
Kyana corrió y saltó por la borda. Nyx no consiguió siquiera ponerse en pie pero se alegró de que su hermana no se hubiera detenido para mirar atrás. Ahora ella viviría por las tres.
—¿Pero qué tenemos aquí? —gritó una voz con un extraño acento latino—. ¿Hemos capturado a una princesa?
—Déjame ver —dijo otra voz. Pero Nyx no pudo mantener los ojos abiertos por más tiempo y se abandonó a la más absoluta oscuridad.

Cuando despertó, estaba tumbada sobre lo que le parecía una mesa de madera roída, en un camarote bastante más grande que el suyo, pero que apestaba a sudor, sangre y vino.
—La princesa ha despertado —dijo un hombre. Llevaba el pelo largo y sucio, de un color marrón cenizo manchado con numerosas canas. Debía rondar la cincuentena y hablaba latín, pero su acento no era romano. Tenía que ser cilicio, todos los piratas lo eran.
—No soy una princesa —gruñó Nyx, e hizo el esfuerzo de incorporarse pero las ataduras que la ceñían a la mesa se lo impidieron.
—Damas de la corte, princesas, qué más da. Sabemos que tu nave era egipcia, solo que pensábamos que la reina viajaba en ella. Fue muy astuta al mandar a sus damas primero. Nos ha engañado por completo.
—¡Injurias! La reina no va a abandonar el país. Ella es la soberana. Nos embarcó para protegernos de la insurrecta de su madre.
—¿Insurrecta, dices? ¿Quién arrebató el trono a quién? Estos Ptolomeos son de la peor calaña que he visto. Se matan todos entre hijos, hermanos, tíos y sobrinos. ¿Qué importaba entonces usar a unas damitas de la corte como cebo? Tu reina huye de su país, ha perdido la batalla y se dirige a Siria, como estabais haciendo vosotras.
—Todo lo que decís son blasfemias, ¡maldito pirata!
—Soy el capitán —se jactó haciendo una inclinación—. Pero piensa lo que quieras, niña. La reina traicionó a su madre y también te traicionó a ti y a tus hermanas. Dos navíos he perdido pensando que atacaba a su barco. Pensaba cobrar un buen rescate por su cabeza, y ahora, tú tendrás que pagar el precio.
—Adelante, pedid un rescate. Estoy segura de que mi reina os ofrecerá cuanto esté a su alcance para recuperarme.
—Pobre ilusa. Tu reina ya ha respondido. Se jacta de su estrategia para huir de nosotros. Sabía que estaba confabulado con Cleopatra II para darle caza. Lo único a lamentar es que tengo un soplón entre mis filas.
Nyx no quería creer nada de lo que ese maldito cilicio decía, pero una parte de ella dudaba de cuánta verdad podían contener sus palabras. Si era cierto que no iban a pagar un rescate por ella, ¿qué iban a hacer entonces? ¿Convertirla en esclava? Antes la muerte que perder su libertad.
—Ya. Sé lo que estás pensando, chiquilla. Si estoy diciendo la verdad, ¿qué va a suceder ahora contigo? ¿Me equivoco? O puede que pensaras en tus hermanas. Una duerme con los peces, según dicen mis marineros. La otra intentó escapar pero fue inútil. En cuanto vio que no la seguías, retrocedió y mis marineros la sacaron del agua. Está sana y salva, muy entretenida divirtiendo a mi tripulación.
A Nyx se le aceleró el corazón. ¿Qué le habían hecho a Kyana? Intentó revolverse pero solo consiguió hacer que las correas se clavaran más en su carne.
—Tranquila, fierecilla. Tú estás a salvo. No dejaré que te toquen. Te he reservado para mí. ¿Cuántos años tienes? ¿Quince? ¿Dieciséis?
Nyx escupió al capitán carcomida por la rabia que sentía. Como respuesta, el capitán le asestó una bofetada y le agarró con una sola mano el rostro, sin escatimar en brusquedad.
—La travesía hacia Creta durará un mes. Tienes todo ese tiempo para demostrarme que vales más que mis dos navíos perdidos y los hombres que perecieron con su hundimiento, o tú y la otra os reuniréis con vuestra hermana.
El capitán soltó a Nyx y se fue del camarote. Sobrevivir o morir, ¿qué es lo que quería hacer Nyx? Y la respuesta le llegó al alba, cuando el capitán volvió a sus aposentos y le puso sus sucias manos encima. Haría lo que fuera por salvar a su hermana.

Al llegar a Creta, no hubo ningún emisario, no hubo rescate, no hubo ninguna piedad. Kyana fue vendida a un traficante de esclavos espartano y Nyx fue comprada por una mujer que regentaba una casa del placer en Creta. Fueron separadas y ni sus gritos ni sollozos sirvieron para impedirlo.
Desesperada, Nyx se vio privada definitivamente de su libertad. En consecuencia, solo pudo hacer una cosa, odiar; a la reina, a su padre, a su madre, incluso a sus dioses y a su patria. Odió todo cuanto había conocido porque se lo habían arrebatado y no le había quedado nada. De nada había servido su sacrificio, tampoco su fe, ni siquiera su amor por la vida. Como había dicho el capitán pirata: los Ptolomeos estaban hechos de la peor calaña. Y aunque ella había nacido en la ciudad más hermosa del mundo, estaba regentada por demonios despiadados, que con el tiempo, estaba segura que llevarían a su pueblo a la destrucción. 
Una parte de Nyx ansiaba la venganza, pero otra mucho más objetiva y realista le susurraba al oído, como un canto amargo de sirena, que había llegado al final de su camino. La muerte era la única salida, solo así volvería a ser libre.


4 comentarios:

  1. Me encanta este relato, no sé por qué dices que no se te dan bien. Sé que piensas a lo grande, y eso está bien, pero tus historias están plagadas de momentos o escenas impactantes, dulces o llenas de acción. Cualquiera de esas escenas puede ser un relato, aunque luego le puedas sacar más. Insisto, La Dama Libertad es el principio de algo grande... Pero también un relato de puta madre. Ale, ahí lo llevas, con sutileza (como a mí me gusta).

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  2. A mí el relato me gustó mucho, che. Y es como una pieza más para el rompecabezas gigante que es ese mundo que creaste.
    Un besito.

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  3. Pues a mí este relato me gusta mucho, no sé por qué dices que no se te da bien, mentirosilla =P
    Un besote!

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  4. Eso es porque me queréis demasiado. No sois objetivas, pero yo también os quiero.

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