domingo, 6 de diciembre de 2015

Exposición Universal de Barcelona del 1888


Entre 1888 y 1929, Barcelona apostó de forma decidida por la modernidad, por la integración plena en la Europa avanzada del momento. Inserta en un país económicamente atrasado social y políticamente, su propia supervivencia como metrópoli industrial y como capital de una región desarrollada, con identidad propia y diferenciada, buscaba su capacidad de abrirse a Europa y proyectarse internacionalmente.

Las Exposiciones Universales, verdaderos escaparates donde se intentaba mostrar al mundo los logros materiales alcanzados, fueron el vehículo utilizado para conseguirlo. A finales del siglo XIX, Barcelona reunía las condiciones adecuadas para llevar a cabo este objetivo, gracias ha convertirse en la capital industrial de España, cuando una nueva ciudad surgía de sus comienzos con las antiguas murallas, derribadas por el afán de libertad política y propiciando un grandioso plan urbanístico con la construcción del Eixample.

La Exposición Universal de Barcelona tuvo lugar entre el 8 de abril y el 9 de diciembre de 1888. Además de la sección oficial, concurrieron un total de 22 países de todo el mundo, y recibió unos 2.240.000 visitantes.[1] Se llevó a cabo en el Parque de la Ciudadela, cuyas obras supusieron la rehabilitación de toda una zona (el barrio de la Ribera) hasta entonces poco estimado por el pueblo barcelonés, a causa de la represión que los militares habían ejercido sobre la ciudad en numerosos momentos de su historia. Además, el incentivo de los actos feriales conllevó la mejora de las infraestructuras de toda la ciudad, que dio un enorme salto hacia la modernización y el desarrollo.

En el proceso algo improvisado de la puesta en marcha de la Exposición, el parque apareció como el único marco adecuado, cuya Ciudadela, convertida en un odiado símbolo del gobierno central por parte de la población de Barcelona, fue mandada derribar en 1841 por la Junta de Vigilancia, aunque dos años después, durante la Regencia de María Cristina de Borbón, ésta la restauró, dado que todavía no estaba totalmente destruida. Fue el General Prim el que decretó su donación a la ciudad y gracias a la Revolución de 1868, se procedió a la demolición con la intención de realizar un gran parque en el emplazamiento. Dicho proyecto acabó fundiéndose con el proyecto de la Exposición Universal de 1888, planificada según el modelo de exposiciones internacionales celebradas en ciudades como Londres y Paris.
Eugenio R. Serrano de Casanova ofreció un convenio al Ayuntamiento de Barcelona por el que se ofrecía a organizar, sin subvenciones, una exposición a cambio de la cesión gratuita de un solar de 200.000 m2 durante el periodo del certamen y de los derechos de explotación. El ayuntamiento se mostró interesado, por lo que el 9 de junio se firmó el acuerdo.

El grupo promotor de Serrano, más atento a sus intereses económicos inmediatos que a los grandes horizontes ciudadanos, acabó presentando una documentación precaria, incumplió compromisos, y mostró al poco tiempo signos de grave crisis económica. A un año vista de la inauguración y a raíz de la quiebra evidente del grupo promotor privado, el Ayuntamiento se vio obligado a asumir totalmente la responsabilidad para defender el buen nombre de la ciudad. Fue entonces cuando contra reloj, se clarificó el programa y se intentó sacar el máximo partido a los propios recursos, para evitar la mala copia provinciana de la primera etapa. La dignidad final de la Exposición es el resultado directo de este golpe de timón.[2]
Al asumir la responsabilidad, el Ayuntamiento se encontró con unas obras prácticamente ni empezadas en el Parque de la Ciudadela, y la primera acción que llevó a cabo fue pedir ayuda al decano de la Escuela de Arquitectura de la Universidad de Barcelona, Elies Rogent, que fue nombrado director de las obras de la Exposición.

Rogent organizó inmediatamente un amplio equipo encargado de llevar a término los proyectos y dirigir las obras de los diferentes edificios e instalaciones que se tenían que realizar. Este equipo estaba encabezado por un conjunto de arquitectos de su total confianza, muchos de los cuales eran compañeros suyos de profesorado en la Escuela de Arquitectura.
A un segundo nivel de responsabilidad, aparecían un grupo de arquitectos mas jóvenes los cuales actuaban como colaboradores de los encargados de sección y por último, un numeroso conjunto de arquitectos acabados de salir de la Escuela de Arquitectura, fueron contratados como auxiliares y ayudantes de las diferentes secciones, agrupando por tanto en la Exposición diversas generaciones de arquitectos barcelonenses, que abastaron más de medio siglo de nuestra arquitectura desde mediados del siglo XIX hasta la plenitud del Modernismo.

El plano de la Exposición respondía a un considerable esfuerzo de adaptación de los complejos requerimientos del Certamen en un ámbito relativamente pequeño y marcado por múltiples accidentes. La plaça de l’Univers conectaba las dos zonas del Parque i se establecía, gracias a ella, una secuencia ordenada: los jardines informales eran seguidos por la plaza, la cual recogía el espacio y se dirigía hacia la exedra de acceso al Palacio de la Industria. La gran cascada y el Palacio de la Industria se establecían como polos de este recorrido, al cual se llegaba lateralmente a partir del Passeig dels Til.lers.
Con la Exposición de 1888 clausurada solemnemente el día 9 de diciembre, Barcelona adquirió un prestigio universal que acabó de consolidarse con la nueva Exposición del 1929.


Fuente de la imagen: SATORRES VILLAGRASA, M.P. La exposición Universal de Barcelona 1888. Tesi de llicenciatura llegida a la Universitat de Barcelona, 1973


[1] GARRUT, Josep Maria. L'Exposició Universal de Barcelona de 1888. Barcelona: 1976 Ajuntament de Barcelona, Delegació de Cultura.
[2] SÁNCHEZ, Alejandro: Barcelona, 1888-1929: modernidad, ambición y conflictos de una ciudad soñada. Madrid: Alianza, 1994

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