domingo, 22 de noviembre de 2015

El arte Egipcio de Lise Manniche

El libro de Lise Manniche es un completo manual que abarca todo el período artístico de las civilizaciones asentadas a lo largo del Nilo, en Egipto. El estudio se centra principalmente en el Egipto antiguo, pero también incluye su desarrollo hasta la actualidad, pasando por los grandes períodos acontecidos; el faraónico, el greco-romano, el copto y el islámico.

Numerosas ilustraciones completan las explicaciones en las que se describen minuciosamente determinadas obras, que además, sirven para explicar las diferentes etapas históricas del país.

El libro se divide en capítulos que abarcan los grandes bloques históricos, pero dentro de ellos se hacen las respectivas subdivisiones de períodos más pequeños, como las diferentes dinastías, en las que se nos ofrecen ejemplos y explicaciones de los diferentes géneros artísticos por separado; arquitectura, escultura, artes decorativas, el relieve y la pintura, si la ocasión lo requiere. Es una excepción el capítulo once, donde la subdivisión corresponde a las diferentes corrientes artísticas como, por ejemplo, el arte cristiano.

Una breve introducción nos sitúa en el contexto principal, el antiguo Egipto. Es aquí donde se nos habla de las características generales del arte egipcio en base a sus creencias y cultura, siempre en la esfera de la vida más allá de la muerte.

El segundo capítulo corresponde al período predinástico alrededor del año 4000 a.C, y las dos primeras dinastías. Es aquí donde empiezan a asentarse las bases artísticas de una civilización, ahora unificada bajo el mandato de un solo soberano, que gobernará sobre el Alto y Bajo Egipto.
En el transcurso de la I Dinastía ya se explorarán nuevos ámbitos de creación artística y comenzarán a destacar, junto a Tebas, otras ciudades que no perderán nunca del todo el protagonismo a lo largo del período faraónico: Abidos y Menfis.
La arquitectura conservada será exclusivamente funeraria y la invención del horno hará presente la figura del alfarero, por lo que trabajaban la cerámica. También marfil y el cobre. No hay duda de que los principios básicos de la representación de la figura humana nacieron en esta época, pero el dibujo no cobrará importancia hasta más tarde. Por el contrario ya habrá estelas a relieve y sellos. La escultura de bulto redondo por eso será a pequeña escala.

El tercer capítulo aún en el imperio antiguo, corresponde a las dinastías III hasta la VI. Será aquí donde veremos la gran evolución artística de esta civilización, destacando la importante dinastía IV, que dejará como prueba las impresionantes pirámides de Giza. No por ello, hay que quitarle importancia a una pirámide anterior, la pirámide escalonada de Zoser, en Saqqara y la figura de Imhotep, venerada como un santo. Era un sacerdote que poseía todos los saberes de su profesión; médico, mago y escritor.
En esta etapa es cuando nace la idea de combinar un cuerpo humano con la cabeza de un animal, o la inversa, dando lugar a las famosas esfinges.
Será con la dinastía V cuando las esculturas de bulto redondo alcanzarán su apogeo, apareciendo el sujeto en diferentes posturas, acompañado o solo. Podían ser de madera o de piedra.
En el primer período intermedio, también incluido en este capítulo, se conoce un declive en las artes debido a las invasiones de los beduinos entre la sucesión de reyes.
Las dinastías XI hasta la XIII corresponden al cuarto capítulo, y que pertenecen al Imperio Medio. Es aquí cuando Tebas acaba por establecer su supremacía y se realiza el monumento funerario de Montuhotep Nebhepetre, repleto de estatuas que desempeñarán una función arquitectónica. Después tomará el protagonismo Menfis y destacará la realización de joyería. Hay que resaltar que como las tumbas muchas veces eran excavadas, la técnica no consistía en construir sino en retirar lo sobrante. Han llegado hasta nosotros numerosos ejemplos de arquitectura privada de esta época.
Sin duda, a los escultores de este período, se les había ordenado realizar obras conformes a las tradiciones del Imperio Antiguo, pero que reflejaran la situación actual de los asuntos del país.
Otra característica de este período que llama la atención es que las creencias funerarias ya no son solo aplicables al faraón, ahora todos los mortales tenían opción a esta prerrogativa. Una idea que será constante desde los inicios será la atribución del poder mágico de las imágenes, y su función para el último viaje del propietario de la tumba.

Como bien nos explica Lise Manniche, incluye en el capítulo de El Imperio nuevo, el segundo período intermedio, con el que guarda más semejanzas artísticas.
Un dato curioso es que durante la dinastía XIV, tuvo lugar la invasión hisca de Egipto, adoptando los ritos y culturas de los invadidos, como suya propia. Aunque finalmente fueron expulsados por Kamose, y sus descendientes posteriormente fueron venerados como dioses.
El templo egipcio no presenta novedades y se mantiene igual hasta final del período faraónico. Pero algo diferente sucede; Tebas pasa a ser núcleo de los templos ahora muy numerosos, pero en cambio, los monumentos funerarios se trasladan a las montañas, dando lugar a el Valle de los Reyes.
Respecto a la escultura, se incrementa la producción real para los templos. También aumenta la realización de pilares osiríacos, esfinges y los fascinantes colosos. Es en el reinado de Hatsheput, que los escultores podrán hacer estatuas oficiales de mujeres de sangre real.

Con el faraón Amenofis IV, conocido como Akhenatón, empieza el período amárnico. Una revolución religiosa que decreta la existencia, y por tanto, el culto, a un único dios, el radiante Atón. Esta fase se describe en el capítulo seis, donde encontramos todos los cambios artísticos que esta revolución supuso: un nuevo templo de Karnak, nueva estatuaria en base a estas nuevas creencias, decoración en relieves, etc…
La famosa Nefertiti pertenece a este período, y numerosas ilustraciones de obras aludiéndola tienen cabida en este apartado.
Tutankhamón toma el relevo a Akhenatón en el séptimo capítulo. Todo lo relacionando con los tesoros de su tumba y sus imágenes ya sean estatuarias o a relieve, pero también otros monumentos de Menfis, Giza y Saqqara. De las artes decorativas se conserva un gran número.
Parece que la ciudad de Akhenatón se abandonó enseguida y que la familia real se instaló en Menfis donde establecieron un amplio programa de restauración.

El capítulo ocho configura los doscientos años que dominaron los descendientes de Ramsés I, período denominado como ramésida con las dinastías XIX y XX. Destaca el templo de Abidos o la estatua colosal de Ramsés II en el Gran templo de Amón en Karnak. También el pequeño templo de Nefertari.
Se ha dicho que el reinado de Ramsés II dejó una clara huella en la historia del arte egipcio, aunque ha sido calificado de período de decadencia. Si que es cierto que las obras de Seti I con su templo de Luxor, serían el último coletazo de una calidad que nunca volvería a conseguirse, pero las obras arquitectónicas de Ramsés son magníficas, aunque no se puede decir lo mismo de los relieves. Un caso parecido es el de Amenofis IV.
Las tumbas privadas de esa etapa presentan una gran diversidad de estilos y técnicas, principalmente en Tebas y Saqqara. Un gran contenido de páginas nos procuran varios ejemplos complementados con imágenes, destacando las pinturas y los relieves.

Las últimas dinastías corresponden a la Baja época, que tiene lugar en el capítulo nueve, donde Tebas se convirtió en el auténtico centro político, ya que los sacerdotes de Amón se hicieron con el poder. Pero son pocos los monumentos que han llegado hasta nosotros. En la estatuaria son más numerosos los retratos femeninos, debido a las Divinas Adoratrices, que podían emplear los servicios de los escultores de la corte.

En el capítulo diez ya se da paso al período greco-romano. Los egipcios fueron gobernados en algunos períodos por reyes de otras naciones, pero mantuvieron su cultura y costumbres artísticas hasta la época de dominación romana. Durante el período ptolemaico se produjo un gran desarrollo del arte, se construyeron nuevos templos, el Faro, el Museo y la Biblioteca de Alejandría. Se helenizan las formas en la escultura. Es aquí cuando Manetón escribió su libro sobre la historia de Egipto.

En el capítulo once se describe al arte copto y en el doce al arte islámico, poniendo como fin un completo anexo que contiene mapas, cronologías, museos, bibliografía, un pequeño glosario, además de una relación de divinidades, soberanos y principales dignatarios haciendo de este libro una completa obra de fácil consulta.

Su lenguaje ágil, los numerosos ejemplos completados en imágenes y elaboradas descripciones, su división de los diferentes períodos que abarcan tan inmensa cronología, hacen de este libro una obra excepcional y apta para estudiosos y profesionales que deseen profundizar en el arte egipcio.
A mi parecer quizás carece un poco de información histórica, incluida esporádicamente entre ejemplos, porque para entender el arte de una época es esencial saberla situar históricamente. Aun así, no carece de contenido en absoluto, y quizás resultaría excesivamente extensa si además de describirnos el arte egipcio, situara al lector en un contexto demasiado profundizado.

MANNICHE, Lise. El arte egipcio. Alianza Editorial, 1997, Madrid. 

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