martes, 27 de octubre de 2015

La presencia de la escultura en la Alta Edad Media: materiales, técnicas, estilos y usos.

Portada de Ripoll
Después de la caía del Imperio Romano de Occidente, se asientan en sus territorios pueblos migratorios que desarrollarán unas características artísticas comunas sin dejar de distinguirse uno de los otros como la preferencia por el pequeño formato o la tendencia esquemática de las figuras con la estilización de las formas. Ellos son los encargados de consolidar las tradiciones romanas, autóctonas e invasoras.[1]
Los visigodos serán el pueblo más romanizado de todos por haber estado en contacto con el imperio. Recibirán influencia de Bizancio gracias al comercio. Son muy ricos sus programas iconográficos en  relieve como el de San Pedro de la Nave (680-711 d. C.), con frisos y capiteles decorados. Se trata de una de las primeras manifestaciones conscientes de un arte didáctico que sirve para adoctrinar a los fieles. En el arte visigodo no existen esculturas exentas, ni tampoco relieves que no estén supeditados a la ornamentación arquitectónica o a la decoración del mobiliario litúrgico; aun así la influencia de las formas de la orfebrería y la joyería en los relieves monumentales esta muy presente. Los relieves de Quintanilla de las Viñas (Siglo VII) son otro ejemplo. Están hechos a bisel, la técnica más extendida en el relieve visigodo; este sistema se basa en vaciar la superficie mediante planos inclinados que dejan aristas vivas en las líneas fundamentales del dibujo.


Capitel de San Pedro de la Nave (680-711 d. C.)
Los primeros en crear un reino más o menos estable en Italia, después de la caída del Imperio de Occidente, son los ostrogodos. Teodorico funda su corte en Rávena, y como se creía el heredero de los emperadores romanos, conocía de bien cerca el arte clásico. Sabemos que Teodorico concedió a un armenio el monopolio de la confección de sarcófagos en Rávena[2], cosa que nos explicaría la influencia oriental.

Los longobardos son los siguientes en conquistar Italia. Su escultura esta al servicio del mobiliario litúrgico, en bajorrelieve, de carácter geométrico, presenta residuos antiguos y bizantinos. El gran referente es el Altar del duque de Ratchis (744-749 d. C.). Este altar se compone de cuatro losas de piedra de Istira; roca compacta calcaría de baja porosidad. Esta esculpida en bajo relieve con símbolos cristianos y un Cristo en Majestad, una Visitación y una Adoración de los reyes Magos. Se observan restos de pigmentos. Las figuras muy bidimensionales, tienen una fuerte carga expresionista.
Altar del duque Ratchis (744-749 d. C.)
Clodeveo será el primer rey germánico que se convierte al catolicismo, del pueblo de los Merovingios en la Galia, esto provocará que se conviertan en el brazo armado del Papa, y en consecuencia sus manifestaciones artísticas estarán marcadas por una fuerte religiosidad manifestada por culto a las reliquias. El primitivismo escultórico aparece en obras como la estela de Gondorf (Museo de Bonn), con la talla a bisel y los rasgos ingenuos y estereotipados.

Las obras más originales en piedra que alzaron en las Islas Británicas son las monumentales cruces esculpidas. Un ejemplo son las cruces de Northúmbria, altas y esbeltas, que enmarcan tanto escenas como decoraciones entrelazadas de origen celta. Las cruces irlandesas son más bajas y robustas. En principio estaban decoradas con motivos geométricos, pero se irán incorporando las historias de los santos locales y escenas de la vida de Cristo.

El otro gran ámbito cultural es Bizancio. Hay una primacía del emperador como comitente de las artes. En el interior de la basílica de Santa Sofía de Constantinopla (siglo VI), los capiteles trepanados completaban una decoración en la que no había mucho lugar para la figuración. Nada nos queda actualmente del arte monumental, pero si algunas piezas pequeñas que nos dan pistas de cómo podían ser: el Marfil de Barberini (siglo VI), políptico que aparece presidido por un emperador a caballo. La figura imperial es desproporcionadamente grande y se utilizan reminiscencias paganas del arte imperial romano mezclado con iconografía cristiana. El arte bizantino cada vez fue diferenciándose más de lo que creaban los cristianos occidentales; se había admitido la posibilidad de un genero de imágenes que mostrara lo invisible (Dios y el mundo inteligible) contribuyendo a hacer retroceder la estética clásica, se inventaron signos y se disminuyó la figuración.[3]

Capiteles de Santa Sofia de Constantinopla (Siglo VI)
El siguiente gran ámbito cultural es el mundo islámico. Su anti-iconismo en el arte religioso se traduce en la no figuración substituida por formas que no imitan miméticamente las creaciones de Alá, sino que toma formas vegetales y geométricas que tienden a reproducirse infinitamente como símbolo de la infinitud divina.

Un descendiente de Mahoma formó la primera dinastía Omeya (658-750 d. C.) y trasladó la capital a Damasco, donde comenzó un periodo de influencia bizantina en el arte. En el 746 estalla una rebelión por parte de la familia Abasí, también de linaje directo con Mahoma, y matan a todos los Omeyas excepto a Abd al-Rahman, que conseguirá huir a la península ibérica y fundar allí un emirato independiente. Desplazan el centro de poder a Iraq, recibiendo así influencia de la cultura persa. Es aquí cuando la cerámica experimenta importantes avances técnicos y estilísticos, sobre todo con la incorporación de reflejos dorados, gracias a una segunda cocción de las piezas en una atmósfera reductora. La decoración insistía en las formas geométricas.

El crisol en el que se manifestaron las artes suntuarias, así como la música y la poesía, fue en la corte Omeya, primero en Córdoba y finalmente, en Madinat al-Zahra. Los logros de esta época sirvieron de base al posterior florecimiento de todas las artes en al-Ándalus. Un ejemplo extraordinario del desarrollo de las artes suntuarias que tiene lugar en estas cortes es la Arqueta de Leire (1004-1005 d. C.).[4]

Volviendo a Occidente, hay que hablar de la dinastía carolingia, en el momento que se forma la alianza con la iglesia, y el Papa Leon III nombra a Carlomagno emperador. El objetivo es la propagación y defensa del cristianismo, con lo que comienza una campaña de propaganda en la que el arte tendrá mucho que ver. Se imitan los modelos de la Roma del siglo VI, pero dándoles una renovada e interesada lectura al servicio de sus objetivos. Los artistas carolingios trabajaron el marfil con gran maestría, elaborando sobre todo placas a modo de cubiertas para los evangeliarios. Por otro lado, el altar portátil de Arnulfo es una muestra importante de la pericia de los artesanos reunidos en la corte y de la importancia que tuvieron los objetos preciosos para resaltar la monarquía como intermediaria del pueblo y Dios.

Contemporáneamente a la génesis del Imperio Carolingio nacía otro estado más modesto, el Reino de Asturias, que también emprende el objetivo de recuperar los territorios ocupados por los musulmanes. Con ellos la pintura mural gana importancia delante de la decoración escultórica, aun así conservamos ejemplos como la iglesia de Santa María del Naranco (Siglo IX), donde la decoración interior presenta relieves a forma de medallones en las enjutas de los arcos, con temas animalísticos y con un estilo que evoca las telas y la orfebrería oriental.
Santa María del Naranco, decoración interior.
Después de la caída de la dinastía carolingia, Otón I fue coronado en Roma como  cabeza de un imperio que se llamaba Sacro Imperio Romano-Germánico. Su arte estaría también al servicio de la liturgia religiosa, con influencia carolingia, pero una evolución a formas más complejas. Los otónicos serán productores de multitud de objetos de oro, plata y marfil, también harán manufacturas de bronce como las puertas de Hildesheim, de inspiración romana y con una gesticulación muy elocuente.
Puertas de Hildesheim
Ya en los inicios del románico, en el campo de la escultura, ésta se subordina a la arquitectura. Las imágenes suelen ser muy expresivas, poco realistas y rígidas. Las figuras son hieráticas y planas, y las proporciones, jerarquizadas. Las fórmulas se repiten hasta la saciedad porque lo importante no es la composición en sí, sino el mensaje que transmite; la iconografía y la simbología románicas pretenden aleccionar ideológicamente a la población. Un exquisito ejemplo es la portada occidental de la catedral de Chartres, que muestra un rico trabajo escultórico tanto en el tímpano  y el dintel, como en las jambas y  las arquivoltas.

Portada occidental de la catedral de Chartres

[1] DOODS, J.D. “Entre Roma y el románico: el mito de Occidente” en Catalunya a l’època carolíngia. Art i cultura abans del romànic (segles IX i X), Barcelona: MNAC, 199. Pag 148.
[2] GARCÍA, MARSILLA, J. V. Història de l’art medieval. València: Publicacions de la Universitat de València, 2002
[3] GRABAR, André. Los orígenes de la estética medieval, Madrid: Siruela, 2007.
[4] HOLOD, R. “Artes suntuarias del período califal” en Al-Andalus. Las artes islámicas en España. (Catálogo de exposición) Madrid: El Viso, 1992


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